crown

Me considero una persona desmemoriada, circunstancia que no deja de contribuir a una felicidad de bajo coste. Si bien tener buena memoria te agria el carácter, los escasos recuerdos que aún conservo, tiñen de una nostalgia azul mi presente inmediato.

Sí recuerdo que nací en esta piel de toro, lo cual no considero un mérito, también tengo conciencia de un pasado unánime y algo particular de esta España nuestra. Y por tanto debo reconocer, y perdonen la tristeza, que desde hace unos pocos años nuestro país sufre cierto complejo de inferioridad con respecto al país que dentro de poco gobernará Donald Trump. Absorber sus costumbres es el tratamiento elegido. Hace algún tiempo que celebramos “Halloween”, en favor de un menospreciado “Día de los difuntos”. Ahora hay que disfrazarse de cadáver y emborracharse en lugar de recordar a los que nos trajeron a este mundo. Ahora llama a la puerta el insistente “Black Friday”, un nombre pegadizo que hasta el más iletrado puede llegar a pronunciar, y que sustituye al “Viernes antes de navidad que aún tienes libre para hacer compras”. Incluso si entrecierro los párpados, por el horizonte puedo observar la dudosa figura del “Día de acción de gracias” acercándose a nuestras próximas navidades.
Y a nuestros patrios reyes magos hace tiempo que no les pasamos una. A esos tres ancianos que vienen persiguiendo una estrella se les acabó la magia. Y no es ésta una declaración meliflua hecha desde el esnobismo de la madurez, sino un hecho basado en años de desmemoria. El año pasado en la cabalgata de Madrid se les reprochó que fueran mujeres con toda la barba, incidente de estupidez supina ya que siempre he sospechado que quienes realmente realizaban el trabajo sucio eran los andróginos pajes. Hace un par de años nos rasgamos las vestiduras por sus vestiduras.
Nuestros reyes magos pierden protagonismo cada año en favor de un anciano con tendencia a la cafeína y el alcohol. Santa Claus o Papá Noel, según barrios, conquista minutos en cine y televisión, apoyado en una campaña de marketing que firmaría el mismísimo Don Draper.

Pese a que mis recuerdos navideños no llegan ni a exiguos, admito que estos ancianos siempre generaron en mí cierto escepticismo. Un año les dejé un vaso de leche a cada uno en el alféizar de la ventana para que recuperasen fuerzas; otro chocolate; otro coñac. Incluso llegué a probar con un frasco de betún por si Baltasar tenía a bien retocar su cutis; jamás lo rechazaron. Ante tamaña aceptación opté por dejarles las sobras de la comida: restos de gambas, medio cocido, sardinas en escabeche y fruta pasada, con la ilusión de que si alguno ingresaba en la unidad de intoxicados, yo sería el responsable.

Los reyes magos al igual que el “buenos días” o los cables de los auriculares, están condenados a tener un papel cada vez más irrelevante. Nuestra mentalidad capitalista es profundamente práctica, y no se puede permitir que los niños pasen dos semanas de vacaciones soliviantados hasta la mañana del día seis de enero, para luego disfrutar, en el mejor de los casos, de solo tres días útiles antes de volver a las aulas. Mejor regalar al principio de la Navidad para evitar la taquicardia infantil, y “algo” al final, para tener conversación en el recreo.

Difícil solución tienen estos tres cristianos practicantes, quizá deban empezar por reconvertirse en paganos. Así Melchor podría ceder su corona a Alejandro Jodorowsky, Gaspar quedaría bien en la piel de un pulcro Pau Gasol, y Baltasar, sin duda el negro del wahatsapp, para añadirle un tono jocoso a tanta solemnidad.

Richard Salamanca. CÓMICO
 @richard_comico