Jane Austen

Más allá del impactante titular, mal vamos si a comienzos de este 2017 tenemos que plantearnos estas cuestiones. Si lo hacemos, es porque algo no termina de arrancar.
¿Nos preguntamos por el papel del hombre en la literatura? No. Lo tenemos claro. Damos por hecho que sea el que sea, es un papel importante. Los hombres siguen detentando los puestos de responsabilidad y dirección del mundo político y empresarial en su gran mayoría. Y esto es relevante, porque es desde ahí desde donde parten todas las decisiones verdaderamente vinculantes.
La semana pasada, en la presentación de una iniciativa para el fomento de la lectura, los máximos responsables de la misma eran dos hombres. En la mesa de debate, hablando de la pertinencia o no, y de los aspectos técnicos, había tres mujeres por hombre.
Parece que para transformar las cosas, aún se sigue teniendo que contar con el permiso y la supervisión masculina, como hace algunos años en este país, cuando una mujer necesitaba la firma de su marido para abrir una cuenta corriente.
Si preguntan por mi opinión, sigo pensando que es mejor ir juntos, y unos al lado de los otros. Ni por encima, ni por debajo.
En el siglo XVI, Juan Luis Vives en Formación de la Mujer, defendía que: “La mujer debe aprender a leer, pero sin descuidar la labor doméstica ni hablarlo en público”. En la actualidad, escucho hablar a determinadas personas dentro del panorama literario y observo que no hemos avanzado nada desde entonces. En multitud de blogs y revistas especializadas se pueden leer las peticiones encarecidas para darle oportunidades y visibilidad a mujeres en ciertos géneros, como la fantasía, a las que les parecía vedado el acceso. He leído titulares como: «Las mujeres leemos y escribimos fantasía». Claro que sí, y muy bien, además.
Es curioso que en un océano plagado de nombres masculinos, han sido las historias de dos mujeres (Neimhaim, de Aranzazu Serrano y La Corte de los Espejos, de Concepción Perea) las que han conseguido cautivar a un mayor número de lectores y lectoras durante mucho tiempo. Pero ¿te suenan sus nombres? A eso me refiero.
Observo el panorama de esta sociedad, y me entristece ver que hemos avanzado muy poco. Las lectoras claman por personajes femeninos fuertes, que se alejen de los clichés y los estereotipos afligidos y sometidos que han venido reproduciéndose para incrustarse en las conductas de aquellas que los leían.
Hoy día, afortunadamente, las mujeres son independientes, fuertes, preparadas, y capaces para hacer lo que quieran. No necesitan usar un seudónimo, como tuvo que hacer Cecilia Bhöl de Faber (Fernán Caballero) para poder publicar. A Jane Austen le daba vergüenza decir que escribía y escondía sus relatos cada vez que alguien llegaba a su casa.
Hagamos memoria por un instante. ¿Cuántos nombres de escritoras nos viene a la cabeza haber estudiado en el colegio o el instituto? Santa Teresa de Jesús, Emilia Pardo Bazán, Rosalía de Castro… pocas más. Ahora repitamos el ejercicio con nombres de escritores desde la Grecia clásica hasta nuestros días, ¿salen los mismos?
No me voy a referir a las menciones de premios como el Nobel, o la detención de sillones en lugares como la RAE. Eso daría para otro artículo, no es el objetivo. Pero si me gustaría lanzar la siguiente pregunta: ¿por qué es necesaria la voz de la mujer en la literatura? Según mi opinión, porque es de justicia. Porque solo así conseguiremos generar una sociedad más equitativa. Restañar la ignominia de haber mantenido en el olvido nombres como los pertenecientes a la “Generación de las sin sombrero” (Concha Méndez, Ernestina de Champourcin, Rosa Chacel, Margarita Manso…) y muchas otras, silenciadas simplemente por el hecho de ser mujer.
Las mujeres leen más que los hombres. No lo digo yo, lo aclaran las encuestas año tras año, en todas las franjas de edad. En el mundo editorial, hay más profesionales de la edición mujeres que hombres. En las agencias literarias el 90% son mujeres. ¿Qué sucede entonces? ¿hay que tomar medidas de discriminación positiva al respecto?  Yo creo que no. Ninguna lo pediría. Simplemente reclaman las mismas oportunidades y un trato que no incluya el género en la decisión final al respecto de la publicación de una obra de un género u otro.
El último premio Planeta ha sido una mujer (Dolores Redondo). El último Nadal, también (Care Santos). De la lista de los diez títulos más vendidos del año pasado, seis fueron escritos por mujeres. Recientemente, la Fundación Banco Santander ha editado un libro que recoge parte de la correspondencia que mantuvieron las escritoras Elena Fortún y Carmen Laforet. En ellas se refleja el miedo y la falta de libertad ante el machismo imperante que reinaba entonces. Ese que, aun dulcificado por algunos, sigue imperando en nuestra sociedad. Machismo para cuya erradicación definitiva es importante la palabra escrita de mujeres como ellas. Para que no les lleve el futuro a pensar como a Laforet (“Escribo, absolutamente convencida de que esta labor mía ni quita un ápice de espiritualidad al mundo, de que para nadie es importante y yo me entrego a ella a sabiendas de sus muchos defectos…”). Dónde quiera que esté, y para las que hoy leen estas palabras, para mí sí lo es.
Gracias a aquellas que lo hicieron. Gracias a todas aquellas que hoy lo hacéis.
Perseverad.

José Carlos Sánchez. ESCRITOR
@jcsanchezwriter