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Influencers. Eso es lo que quieren ser ahora los chavales. Al estilo youtuber, claro: una habitación, una webcam, decir paridas y tener muchas visitas. Así de fácil. Si todo va bien ganarás mucho dinero, serás idolatrado y podrás seguir siendo un puto subnormal toda tu vida. (Necesito usar el adjetivo subnormal en su justa y unívoca medida, la que da la Real Academia de la Lengua).

Influencers. Retos estúpidos, “challenge”, perdón. Y visitas, muchas visitas. Y marcas a las que llamar la atención, para que piquen y quieran, y entonces desplumo. Eso sí que es un reto. Menudo subidón.

Influencers. Ahora si no cuelgas un vídeo dando un consejo de algo de lo que no tienes ni idea pero sí mucha gente que cree que sí, no eres nadie.

Youtubers, instagramers, personas que hablan sobre algo que pasa en la vida sin vivirla. Curioso invento.

Hemos pasado de una hegemonía cultural protagonizada por celebrities a una copada por influencers. Según el sociólogo Frank Furedi, una celebridad tiene un cierto marcador de autoridad y su influencia trasciende el mundo de la televisión y, al menos indirectamente, influye en todos los sectores de la sociedad.

La celebrity se ha transformado en un objeto de consumo masivo gracias a las innovaciones tecnológicas, el cine o la televisión. Y esto hace que el poder prescriptivo que ostenta sea mayor que el ocasionado en otras épocas de la historia. Una celebridad es más que una persona muy conocida, es un producto de la industria cultural. De esta manera, las celebridades se postulan como guías morales para la conducta expresiva de las personas. Algunas son ésas que tienen la cuenta de Twitter verificada.

Los personajes, las celebrities, son sus propios productos, que promocionan desde su, a veces, vacuidad. Y ahora esto es cosa de los influencers. Arropados por el manto de las plataformas alternativas, de la apariencia del DIY (Do It Yourself), de estar como fuera del sistema, se han convertido poco a poco en el ojo del huracán inversor. Pon un influencer en tu marca. Si no de qué influencer eres tú. Definitivamente son las nuevas celebrities prescriptoras. Compra esto, consume lo otro, ve esto de aquí, dale al click, dale al block.

Celebrities sí, como la sección que tenían los chanantes en el programa “Muchachada Nui”, los putos amos de la parodia que deconstruía al personaje, lo bajaba al barro, lo rebozaba de cotidianidad, para que te dieras cuenta de a quién estabas dando las palmas: Bono y su activismo político y medioambiental, Kofi Annan y su buenismo inoperante en la ONU, Isabel Coixet y su brillante pedantería…

Estos influencers son, o quieren ser ahora, la nueva hegemonía cultural, copada décadas pasadas por cantantes, actores o incluso toreros. Quizá sea mejor atenderlos a ellos que a los toreros, no digo que no. Sólo que algunos tienen menos recorrido que el circuito de un chiquipark.

Influencers ha habido siempre, también es verdad. Coronado te vendía yogures para el tránsito o Concha Velasco para cuando se te escapaba el punto o Boris Izaguirre intelectualidad rosa. Pero hacían más gracia que otra cosa, así que lo mismo va a ser que es mejor ponerse serio y que tal o cual chaval pruebe mi smartphone o recomiende mi tienda de ropa. Todo sea que luego cuadren las cuentas o se hayan reído de nosotros.

La tendencia actual de contratar a influencers, pagándoles una pasta, recuerda al modelo de negocio de las puntocom, cuando se cotizaba en función de los clicks, y cientos de páginas acabadas en “alia”: Navegalia, Viajalia, Fiestalia, caían como moscas porque sólo vendían humo, eran sólo un puto logo.

Si los chanantes volvieran quizá llamarían a su sección “Influencers” y se pondrían a salir desde dormitorios convertidos en platós de televisión a demostrar lo extraordinario y paradójico del fenómeno. Definitivamente es lo que toca ahora, o pronto: parodiar mucho y bien a esta nueva autoridad. Mientras, seguiremos imitando a Boris. Quiero ser influencer divino.

David César. CÓMICO Y GUIONISTA.
@DavidCesarJebi