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¿Quién no ha dicho alguna vez “sé que todo va a salir bien”? Todos, sin excepción, nos hemos creído en algún momento dioses, capaces de hacer que nada se tuerza. Pero las cosas no siempre salen como esperas, a veces tus expectativas se hunden contigo y tu frustración en un campo de estiércol. Y cuando apenas intentas salir de él y ver la realidad tal cual es -con sus virtudes y miserias- se te acerca otro optimista patológico similar a como tú eras, y te dice: “tranquilo, todo va a salir bien”. Entonces le miras a los ojos fijamente y le deseas, por su propio bien, que se hunda cuanto antes en el lodo del que tú estás saliendo, para que tome consciencia de que el mundo no es tan fácil como lo pinta el libro de “El secreto”, que no basta con desear algo para tenerlo, ni basta con concentrarse en que se acabe el hambre y llegue la paz mundial, para que eso suceda.
Podemos sentirnos afortunados y agradecidos por lo que somos y hemos conseguido. Podemos sentirnos empoderados para ir dando pasos hacia el cambio, pero no todopoderosos, porque todos tenemos límites, tú también. Por mucho que salgas por la noche y seas el rey o la reina de la pista, eres UNA PERSONA MÁS entre tantas. Por mucho que tengas miles de amigos en las redes, eres sólo UN USUARIO MÁS dentro de un big data. Por muchos mensajes privados que recibas diciéndote que eres maravillosa, eres UNA ENTRE MUCHAS, MUCHAS MÁS. Aunque leas en algunos libros de autoayuda que tú tienes el poder de cambiar el rumbo del planeta, eres UN HUMANO MÁS, y no un superhéroe. Si te hacen creer que con ese color de labios te comerás el mundo, siento decirte que eres simplemente UNA CONSUMIDORA MÁS de ese pintalabios. Si te dicen que ese es el perfume con el que volverás locas a las mujeres, te diré que no las volverás más locas que con tus feromonas naturales… TODO-ES-MENTIRA. Hay un empeño desmedido por hacernos optimistas patológicos, gente que desprenda alegría, efusividad y positividad, capaces de estar tan eufóricos y lejanos de la realidad, y de lo que realmente pasa e importa, que lo único que nos interese sea salir, gastar, evadir problemas, no pensar en más cosas que en la deseabilidad social. Queremos ser el producto que otros quieran consumir, porque en esta sociedad capitalista no eres otra cosa que un producto más.
Me pregunto cómo en un mundo en el que prima la indiferencia, el individualismo, el egoísmo y la mentira -con excepciones- puede venderse un exceso de positivismo y que la gente lo compre como si los valores habitasen en la superficialidad con la que se comercializa. ¿Es una forma de autoengaño ante la insatisfacción real, o es ceguera?

En cualquier caso, quiero pensar que en la oscuridad de la noche, cuando os metáis en la cama, apaguéis las luces y aun dejéis los ojos abiertos un poco más, hasta que vuestras pupilas se dilaten y se adapten a la penumbra, muchos de vosotros haréis un travelling por vuestro día y sonreiréis pensando en aquella anécdota de hoy en el supermercado… Hasta que os acordéis de que ese chico al que tenéis ahora en la cabeza no os ha  respondido al whatshapp que le enviasteis esta tarde. Cuando se os frunza el ceño, se os quite el sueño y os entren ganas de matarle -porque no ha contestado -y de morir -porque penséis que ya no le gustáis-, desaparecerá vuestro optimismo patológico y  aparecerá vuestro verdadero yo.

Ana Casado. PSICÓLOGA.
@anapsicopoet