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Antes de dar comienzo la obra, y mientras el patio de butacas va llegando y tomando asiento, diferentes personajes disfrazados deambulan por entre las gradas y el escenario. Nos observan, el espectáculo ya ha comenzado desde que cruzamos la puerta de la Sala Verde de los Teatros del Canal, donde tiene lugar ‘Esto no es la casa de Bernarda Alba’. Las luces se apagan, y la representación da comienzo con un cabezudo a modo de narrador que nos sitúa ante lo que nos disponemos a ver: “el teatro necesita vivir en manos de los poetas”, “lo que no admite la poesía es la indiferencia. La indiferencia es el sillón del demonio”… Ahora sí, seis esculturas caninas en posición de defensa, al más puro estilo Orlinski presiden la escena; representan a Bernarda Alba y a sus cinco hijas. Son la primera pista de que estamos ante un montaje cargado de simbolismo que, sin lugar a dudas, hubiese defendido su autor. A partir de ahí la fusión entre teatro, música, danza y poesía es inminente. Un elenco que se encarga de llenar el escenario con cada paso sin necesidad de apoyarse en una escenografía demasiado compleja. Somos espectadores de una casa en la que impera el autoritarismo de una tirana que, como en el texto original, mantiene a sus hijas recluidas en casa, tratando de mantener reprimidos sus deseos para guardar la “calma” y evitar las malas lenguas en el pueblo. Bernarda cita frases lapidarias estableciendo unos límites aterradores y unos roles de género, en los que la mujer sale muy perjudicada. Bernarda Alba representa el “Super yo” más freudiano, el que impone las normas, la sociedad omnipresente que todo lo ve y todo lo juzga. Su hija menor, Adela, representa, sin embargo, el deseo. El resto de hijas, reprimidas, acatan las órdenes de su madre sin hacerle frente.
Llama la atención que siendo una alegoría al feminismo haya tan sólo una mujer. Recuerda al teatro clásico y la predominancia casi absoluta de hombres sobre los escenarios. En este caso el mensaje es otro. Son los hombres los que se ponen en la piel de mujeres cohibidas, los que defienden la libertad que proclama esta obra y el texto original de Lorca. La pieza termina como termina la original, pero añadiendo un discurso final directo, por si no hubiera quedado suficientemente claro qué representa y qué busca.

Es en alguna frase de ese discurso donde pondríamos algún “pero”. Adela (representada por Jaime Lorente) defiende de forma explícita el derecho de la mujer a ser agresiva como el hombre. No es cuestión, a nuestro entender, de defender la agresión e igualarse a ella, sino de que la persona que agrede aprenda a no ejercerla sobre los demás. Cuesta creer que haya intención de transmitir esa idea, ya que sería una pena que se manchase este alegato de la igualdad tan, por desgracia, necesario aún en el s. XXI.

Pero estamos, en resumen, ante un gran montaje con enormes interpretaciones. Destacaría la de Óscar de la Fuente en el papel de Poncia, que da ese toque de comedia en una temática tan dura como la tratada, sin dejar de lado su papel dentro del drama y su mérito a la hora de la ejecución de movimientos durante determinados momentos de la representación.

Una versión del texto lorquiano que bien merece ser vista, y de la que nos vamos llenos de emociones y vacíos de aplausos.

AUTOR: Federico García Lorca

VERSIÓN:  José Manuel Mora
DIRECCIÓN ESCÉNICA/ COREOGRAFÍA: Carlota Ferrer
REPARTO: Eusebio Poncela, Óscar de la Fuente, Igor Yebra, Jaime Lorente, José Luis Torrijo, David Luque, Julia de Castro y Guillermo Weickert

LUGAR: Teatros del Canal (Sala verde)

FECHAS: del 14 de diciembre al 7 de enero

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