Actualmente, tal y como está el mercado, las editoriales, sobre todo las grandes, tienen tres tipos principales de apuestas, si llamarlo apuesta es adecuado, que probablemente no.

woman-1413054_1280La primera de ellas es la apuesta firme en los nombres y caras ya conocidas. Cada una de las grandes editoriales (aquellas de las que siempre ves libros en los estantes de todas las librerías, en la mesa de las novedades, con ediciones trabajadas y portadas atractivas, con tiradas de miles de ejemplares) tiene algunos autores que les aseguran el tiro, ya sean nacionales o extranjeros. Estos son los que les dan beneficios, los que sufragan el déficit que genera el otro lado de la balanza, con muchos, muchísimos títulos que con suerte llegan para cubrir los costes. A parte de estos autores ya conocidos, están los autores mediáticos (tertulianos, periodistas, políticos, vividores de los programas de realities, tuiteros y tuiteras, youtubers y otros que me dejo); venderá más un famoso aunque el libro sea una basura literaria que un buen libro de un desconocido. El resto es publicar mucho, siempre garantizando cierta calidad y, por encima de todo, manteniendo una línea editorial en cada colección, que da lugar al segundo de los tres tipos de apuesta.

La segunda apuesta, pues, es la de que suene la flauta. Sí, queda feo dicho así y yo creo que en una entrevista los editores y editoras lo negarían. Pero uno de los motivos por los que encontramos una sobreoferta de libros es que cada año, e incluso cada temporada, sale un libro o dos que resultan un éxito de ventas inesperado. Inesperado para el autor o autora, que seguramente soñaba con ello (pero no confiaba que así fuera) y para la editorial que, de repente, ve como necesita segundas y terceras ediciones con muchos más ejemplares. Entonces estas novelas pasan al modo bestseller, la siguiente edición es más lujosa, salen reseñas por todas partes, se habla de ella en los medios y esto, claro, multiplica las ventas. Casi con un 100% de seguridad, ese autor pasa ya a formar parte del primer grupo, pues a partir de esa novela las que salgan luego serán un éxito asegurado, quizá nunca tan grande o puede que más, pero ya no supondrán pérdidas. Para ejemplos de ello, tenemos La catedral del mar, de Ildefonso Falcones o más lejana, la saga de Harry Potter (bien conocido es que la autora, J. K. Rowling, pasó por muchos agentes y editoriales que la descartaron antes de que una dijera que bueno, que por probar no pasaba nada). Harry Potter sirve para llevar a la tercera de las apuestas de las editoriales: la novela juvenil.

Es precisamente desde el espectacular boom de la saga del aprendiz de mago que la novela juvenil se ha convertido en una baza más que segura para editores y editoras. Si antes ya era una buena jugada, el alumno de Hogwarts elevó la publicación de novelas destinadas a preadolescentes y adolescentes a Midas de la literatura. ¿Eso significa buena calidad? No, por desgracia la calidad y la cantidad llevan reñidas mucho tiempo. La novela juvenil, aquella destinada a chicos y chicas de entre, digamos, los once y los diecisiete años (curiosamente las edades por las que transita Potter en su saga), se vende más que la destinada a adultos, sus números son mejores y cuando hay un éxito, la explosión es tan grande que ensombrece los bestsellers para mayores de edad. Evidentemente hay excepciones o, más que excepciones, hay ejemplos de casos que van a la par. Los libros de Dan Brown venden a mansalva, la saga de Canción de Hielo y Fuego de J. R. R. Martin han convertido a Gigamesh en un gigante cuando era una editorial para freaks (no tengo nada contra los freaks, me considero uno).

 Pero hay una afirmación que puede salir de esta tercera apuesta que, para mí, ya vale mucho la pena: gracias a Harry Potter, los adolescentes leen más. Sí. Es cierta. Y es cojonudo. La discusión sobre cantidad y calidad la dejo para otro artículo que quizá no escriba nunca, pero que chicos y chicas que en la actualidad, gracias y por culpa de las tecnologías, lo tienen todo rápido, abreviado y sin mucho esfuerzo, se pongan a leer tochos de entre quinientas y ochocientas páginas, o lean de una tirada sagas de tres a siete volúmenes, me parece una noticia buenísima. Las tecnologías, las redes sociales básicamente, han atrofiado en parte el concepto de lectura y nos han hecho tomar como cierta aquella frase de que los jóvenes ahora leen más porque están mirando el móvil (aquí necesito el gif aquel de Travolta en Pulp Fiction, buscando el interfono). 

travolta
Fotograma Pulp Fiction

Se puede discrepar, pero en mi opinión mirar lo que alguien teclea en el móvil (mensajes instantáneos, pequeñas notas, enlaces, etcétera) no tiene nada que ver con leer una serie de frases que dan sentido a un párrafo, una serie de párrafos que dan sentido a un capítulo, una serie de capítulos que dan sentido a un libro. Leer una novela, un relato, un conjunto de poemas, una obra de teatro o un guion para medios audiovisuales, no solamente es divertido sino que además estimula la inteligencia con un conjunto de beneficios tales como que desarrolla la imaginación, crea hábitos de concentración,  despliega el sentido crítico, proporciona capacidad de análisis, mejora el vocabulario, la expresión oral y la escrita, pule faltas de ortografía, facilita la argumentación del pensamiento y promueve la reflexión, sin olvidar quizá el aspecto positivo más importante: influye en la construcción de uno mismo. Y eso en una etapa como la adolescencia en que nos construimos como individuos, es vital.

 Y este es, quizá, el punto clave que explica el éxito de la literatura juvenil desde el cambio de milenio hasta hoy. Ya había literatura juvenil antes, ha existido casi desde siempre, igual que la infantil, pero como hemos dicho antes, la auténtica estampida de esta literatura nace aproximadamente en el año 2000. Se calcula que los siete libros de la saga de Harry Potter (Harry Potter y la piedra filosofal se publicó en 1997) rozan los 500 millones de libros vendidos. La clave del éxito o uno de los factores que realmente influyen en tal estallido es la necesidad de los adolescentes de sentirse identificados con alguien, de tener un modelo. Sí, sí, ya sé que aquí saldrán los que se creen rebeldes diciendo aquello de “yo me he hecho a mí mismo“, “yo no tengo modelos” y tal y cual, afirmaciones parecidas al discurso del que afirmaba ser graduado en la universidad de la vida. Que no, que todos hemos sido adolescentes (o lo somos todavía) y es la etapa de construcción de una identidad, por la cual se buscan referencias y se absorbe de ellas lo que más nos gusta, lo que más conviene o lo que más nos beneficia en cada momento, básicamente, lo que más nos identifica. Y esto es lo que explota, con más o menos acierto, la literatura juvenil.

Cuanto más se acerca el o la protagonista de una novela a lo que sienta y piense el lector adolescente, más garantías de éxito. No solamente esto, claro, pero eso da el paso para que el lector siga pasando páginas. Cuando somos adultos miramos más (o deberíamos) la calidad del texto, la coherencia de la trama, la profundidad de los personajes; cuando somos chicos y chicas, nos gusta la acción y los dramas adyacentes a una etapa de crisis como es la adolescencia, entendiendo crisis como un proceso de cambio. Por acción no se trata solo de aventuras en plan persecuciones de coches o correr peligros en laberintos o galaxias; se trata de movimiento, de un no parar. Y se puede conseguir una novela en la que haya mucha acción y a la vez momentos de reflexión, de detenimiento, de pausa. El lector joven quiere que la historia no se detenga, no le van las descripciones detalladas ni las parrafadas intimistas, las disertaciones filosóficas ni tampoco las particularidades puntillosas. ¿Significa eso que no las hay o que no debería haberlas? No, significa que si las hay, tienen que estar en momentos puntuales, tienen que tener una duración determinada y un vocabulario y fluidez adaptados al lector o la lectora de la edad a la que va dirigido.

girl-803812_1280 No creo que escribir un libro para adolescentes sea más fácil que escribir uno para adultos. Ni tampoco escribirlo para niños. Si nos fijamos bien, los niños tienen una serie de cuentos favoritos y a medida que van creciendo, su afición lectora se va decantando por un tipo de temáticas y de protagonistas más específicos. A veces, regalamos o recomendamos a un adolescente un libro muy adecuado para su edad y a las pocas páginas lo deja, mientras que otro libro que a los adultos nos parece vacío e incluso idiota, a ese chico o chica le fascina. Quizá no venga a cuento, pero creo que uno de los principales errores del sistema educativo actual radica en la voluntad de hacer leer a los adolescentes lo que algunos consideran que es adecuado para ellos. A mí, siendo adolescente me hicieron leer a Narcís Oller (en literatura catalana) o a Delibes (en la castellana) por poner dos ejemplos que me vienen a la memoria; el primero me pareció un auténtico tostón y del segundo no entendí su complejidad hasta mucho más adelante. ¿Hay que leer los pilares de la literatura a los catorce, quince o dieciséis años, o hay que inculcar primero el hábito de la lectura e ir generando el interés para que, más avanzados y avezados podamos leer con placer y no con obligación a ciertos autores y autoras? Quizá, primero que aprendan a leer, en segundo lugar motivar que lean, luego que elijan qué leer. Eso no quiere decir que tengan que leer cualquier cosa que caiga en sus manos, igual que no tienen que mirar cualquier cosa que echen por la tele o que salga en internet.

A un o una adolescente le gustan aquellas historias que contienen problemas con los que se sienten identificados, que a ellos también les pasan, a la vez que son transportados a un tiempo o un espacio que les permita soñar un poco, que les lleve a situarse en aquel anhelo o aspiración personal (no tanto en un mundo fantástico o un futuro imposible, sino en un logro, en una gesta, en una realización personal). Si además se crea un mundo y les permite trasladarse allí, genial, de ahí el triunfo de la fantasía y la ciencia ficción. Pero una historia aburrida en un mundo genial o un mundo genial con un/a protagonista insulso tendrá muchos números para fracasar tanto en ventas como en lo que creo que realmente importa, en la satisfacción final del lector adolescente. Evidentemente hay excepciones. Hay adolescentes a quien les encanta leer libros que pertenecen a categorías que podríamos llamar de adultos y van un paso más allá, pero ojo, eso no les convierte en mejores ni tampoco en repelentes.

Martí R. A. ESCRITOR Y EDUCADOR SOCIAL
@tearsinrain_