PORQUE TE QUIERO (por @GraceKlimt)

Porque te quiero.

Porque te quiero si luchas, si ríes, si caes, si te levantas, si extiendes la mano, si pides ayuda, si sólo callas, si abrazas a tus hijos, si huyes de casa.

Porque te quiero cansada, valiente, dolida, desnuda, follando, virgen, tranquila, lasciva, exaltada.

Porque te quiero bailando, saliendo al súper, manteniendo un hogar, viajando a la playa, tendiendo la ropa, haciendo la cama, mirando al mar.

Porque te quiero, y a tus miedos, tus dolores, tus temores, tus sombras, tus cruces, tus reglas, tus partos, tus sangres, tus putas obligaciones.

Porque te quiero a mi lado.

Juntas.

En las malas siempre.

De la mano.

Porque te quiero a pleno día en la plaza, y en medio de la noche en cualquier rincón aledaño.

Porque te quiero viva, 

libre,

amando.


MATADORES
(por Marisol Galdón @MarisolGaldon)

Llegó el 8 de Marzo, nuestro día, yupi, el Día Internacional de la Mujer. Superado ya el fatídico 1984 de Orwell y mucho más allá de la futurista odisea espacial del 2001 de Kubrick, aquí seguimos las mujeres, las que seguimos vivas, aprovechando que nuestro Día pasa por ahí una vez al año, más saturadas que las grasas de estancada impotencia en lo que a derechos y justicia se refiere y sin el más mínimo deseo de celebrar nada de nada.

No hay nada que celebrar, oigan. No nos insulten felicitándonos, por favor. Reservemos las felicitaciones para ese día en el que…

al levantar la vista

veremos una tierra

que ponga igualdad

Descanse usted en paz, camarada Labordeta, que estoy segura no le importará que haya intercambiado libertad por igualdad en su Canto a la Libertad. Habrá un día en que, cuando el destino se digne alcanzarnos, no necesitaremos un día para que el mundo haga el paripé reivindicativo con nosotras y falte de nuevo a nuestra inteligencia y abuse de nuestra tolerancia, olvidándose al día siguiente del maltrato y la vergonzante desigualdad a que nos somete, porque ya no será necesario.

Pero a la espera de que llegue ese día, hoy la mayoría de ordenadores de las redacciones mediáticas de todo el mundo se apuntan al postureo reivindicativo, con artículos, reportajes, documentos, y piezas para sus informativos plasmando, en el mejor y más solidario de los casos, las reiteradas, año tras año, década a década, golpe a golpe, violación a violación, reivindicaciones de las mujeres y sus derechos torcidos. La mayoría no son más que refritos de lo mucho que se lleva escrito ya, puesto que la realidad, para la inmensa mayoría de las mujeres del planeta, sigue tan embarrancada como los pasados 8 de Marzo de los últimos 50 años. Y vamos a peor.

Leeremos en las redes sociales, en fin, nuevos e imaginativos tuits, enlaces, artículos, memes y fotos plasmando el injusto proceder que una sociedad ingrata y, sí, lo siento, machista, asúmelo y déjate de hipocresías, muchacho, nos tiene reservado a las sufridas mujeres. E incluso habrá más de un gilipollas bromeando al respecto. Espero que no se cruce en mi camino cibernético.

Por todo ello, este 8 de Marzo, no pretendo abundar en lo mucho que se ha dicho y reivindicado y debe seguir diciéndose y reivindicándose, sin duda, qué remedio, el mundo se hace el sordo con nosotras, ya que el exhaustivo y reivindicativo artículo que escribí en este mismo blog hace un par de años sigue plenamente vigente, muy a mi pesar, y a disposición de quien desee leerlo: No woman no cry, Fight!!!


 PANGEA (por J.I. Pidal Montes @PidalMontes)

Transcripción literal de un interesante artículo aparecido en una revista:
«El mundo tal como lo conocemos hoy es el producto de un larguísimo proceso de evolución. Así, hace 305 millones de años, el planeta tierra estaba formado por un supercontinente llamado Pangea. Y en su centro geográfico se situaba lo que actualmente
es Asturias, un territorio de temperatura tropical y grandes bosques que dieron origen a
importantes depósitos de carbón y minerales. Esta es la conclusión de una investigación realizada por científicos de la Universidad de Salamanca y de la de Bryn-Mawr (Filadelfia, EEUU)».
Dando esto como cierto –no dudo de la Universidad de Bryn-Mawr, y mucho menos, de la de Salamanca–, pues eso, dándolo como cierto, entonces tú,
mujer –esa que me quiere, me aguanta y, sobre todo, me comprende–. Tú, mujer, entonces, eres el centro del centro del primer continente…

Del poemario “Nadie se Salva”.


MAÑANA TAMBIÉN
(por Miguel Ángel Romero @MigueHumano)

Ahora que las banderas tapan geranios,

y si no tienes balcón no tienes bandera

y si no tienes bandera eres un disidente.

Ahora que juegan a clasificarnos

como si el blanco y el negro

hubieran colonizado los colores.

Ahora que el optimismo está desvalorizado

y la mirada gacha se erige en monotonía,

en sillones y renuncia.

Ahora que a los tibios se le cantan vítores,

a los neutros le cuelgan medallas

y la indiferencia es laureada.

Ahora que cerramos la puerta de entrada

para que la brisa vecinal se quede estancada

y abrazamos lo binario como periplo de compañía.

Ahora que nos salpica la lluvia añeja,

la que creíamos extinga, abolida,

y solo estaba agazapada.

Este triste ahora debe ser tu hoy.

Hoy es tu hoy, mujer.

Que el ayer vino de manzana,

de destierros y de hogueras.

Hoy es tu hoy, mujer.

Que el ayer vino de violador de voces,

intentos y sublevaciones.

Hoy es tu hoy, mujer.

Que el ayer vino sembrando trabas,

vendas y mordazas.

Hoy es tu hoy mujer.

Que el ayer reclutaba silencios,

conformidades y tradiciones.

Hoy es tu hoy mujer.

Que el ayer impedía aspiraciones,

anhelos y sueños.

Hoy, mujer, es tu ahora,

tu ahora es hoy.

Sin todavía, sin tal vez.

Sin prejuicios por los juicios.

Sin mutismo por los ladridos.

Sin maleza por el camino.

Sin vacilación por el destino.

Sin miedo al carcelero.

Hoy, mujer, es tu ahora,

tu ahora es hoy.

Y al que no lo entienda

enséñale las manos envueltas de razones,

la mirada colmada de argumentos,

el corazón estallando en verdades

y la sororidad abriendo trecho.

Hoy tú, mujer.

Y mañana,

mañana también.


NO ES FÁCIL SER MUJER
(por Santi Jiménez Serrano @albayvalle)

No es fácil ser mujer.

Que me lo digan a mí que llevo desde que nací, hace como veinticinco años ya, intentándolo y aún no lo hago bien del todo. Bueno, algunas cosas sí que he aprendido, como por ejemplo, a mentir sobre mi edad.

Os digo que no es sencillo ser mujer, eso está claro. Imagina que te tomas un disgusto soberano con alguien, pues en vez de arreglarlo o hablarlo con esa persona, tienes que responder que no te pasa nada o que él sabrá o estarte muy calladita o irte de compras. A mí todas las opciones se me dan fatal. Se supone que, como mujer, me tiene que encantar, por ejemplo, ir de compras y que todas las penas y disgustos se me han de pasar con ello. Pero yo odio las aglomeraciones, las compras superfluas, andar mirando cosas, revolviendo ropas, olisqueando en los complementos o lo que sea.

Es muy complicado ser mujer. Tienes que lucir perfecta y femenina y rejuvenecer veinte años cada poco. Debes cuidar tu cabello, sanear las puntas, hidratar, tonificar, hacerte un alisado asiático, lograr unos rizos perfectos, saber qué colores se llevan, los tipos de corte que te favorecen según la forma de tu cara o la temporada o el horóscopo. Y no olvides cuidar también tu rostro, cerrar los poros con llave, disimular las ojeras, reducir las bolsas, eliminar las patas de gallo, difuminar las marcas de expresión, los pequeños signos de envejecimiento, exhibir unas pestañas de vértigo, por obra de gracia de la máscara milagrosa o implantadas pelo a pelo, unos labios carnosos, perfilados, con pintura permanente que no se vaya al besar, al beber, al comer (es mejor que no comas que engordas, engordar es el demonio), debes meterte hilos de oro por no sé donde, ponerte la nariz de no sé quién, llevar las cejas finas, gruesas, teñidas, maquilladas, los dientes perfectos y blancos como los de la tele. Y así vas bajando milímetro a milímetro por tu cuerpo y todo necesita restauración, cuidado y mantenimiento, tiempo y muchas horas más al día de las que tiene. Has de usar cremas, geles, radiaciones, electrodos, cápsulas, jugos y seguir las dietas a, b, c o d, que estén de moda. Que si acaba con esos centímetros de más, con la celulitis, con las manchas, con la sequedad, con las estrías, que si ahora tienes que tener los pechos pequeños, ahora grandes, los pezones no sé cómo, el vientre plano, el ombligo bonito, las piernas infinitas, las axilas blancas, el innombrable como la Barbie, eliminar el vello corporal en equis sesiones, mediante cera fría, caliente, láser y mil métodos más no exentos de dolor y estar delgada, siempre delgada, pero bien hecha o si no estás bien hecha, te haces. Y, por supuesto, las uñas perfectas de gel, de acrílico y de yo qué sé ya. Las de las manos y las de los pies y los talones suavitos y los codos también y el aliento fresco y la mirada arrebatadora y los dedos largos y de pianista y el maquillaje y tú, infalibles. Y estar contenta y activa e ir al gimnasio y hacer manualidades, galletas y peleas de almohadas con los niños y con tu pareja y preparar zumo de naranja natural y desayunar todos juntos en la cocina con una barra americana en medio y otra barra de esas de bombero en el salón para cuando se duerman los niños, hacerle un show a tu pareja. Y ser una fiera en la cama, discreta en la calle, divertida en las fiestas, interesante en las citas y glamurosa siempre. Debes además, hacerte valer y ser esquiva, pero sin resultar mojigata ni cruzar la delgada línea que, hagas lo que hagas, te convertirá en puta.

Es harto difícil ser mujer, queridos. Y yo soy una mala mujer, muy mala sin duda. Me deberían volver loca, por ejemplo, los zapatos y saber manejar unos tacones con sofisticación y paso firme, pero yo, a los diez minutos de llevar tacones, parezco un rapero caminando y a la media hora, ya me quiero cortar por los tobillos los pies. Y los trapitos y complementos me tienen que volver loca y tener los de fondo de armario, los de temporada, los que crean tendencia y los que “la están rompiendo”.

Todo esto y mucho más lo he aprendido en las revistas “para mujeres” de la sala de espera de las consultas médicas y en las de la peluquería, en los anuncios de la tele, de la radio, en la publicidad de la prensa escrita y digital, en Internet, en las cadenas de whatsapp y por boca de la vecina del quinto o de la señora o el señor que no te conoce de nada y te aborda por la calle o en la caja del supermercado. Y podemos llegar a la conclusión de que no solo es difícil ser mujer sino que implica, a su vez, tremendo tiempo, sacrificio y dinero, mucho dinero.

Por no hablar de lo que has de aguantar si conduces. “Jajajá, las mujeres tienen menos accidentes, pero los provocan”. “Jajajá, mujer tenías que ser”. Y te tienes que reír , claro, por no partirle las piernas a nadie y has de aguantar los pitidos, las prisas, los malos humos, que se te peguen al culo (al del coche) y que te miren lascivamente en el semáforo. Y a la hora de aparcar, ni os cuento. No importa la edad, clase social, profesión, cultura ni especie, ese ser masculino no podrá reprimir su instinto y te dará instrucciones e indicará maniobras, gesticulando mucho y situándose justo donde más moleste, mientras tú sí que tratas de reprimir tu instinto de atropellarlo.

También es muy recomendable, si eres mujer, aguantar las majaderías, miradas, babas, piropos, zalamerías, lisonjas o bravuconadas de desconocidos y no sentirte intimidada ni asqueada ni importunada por ello. Debes aceptar que no entiendan que te pueda molestar o incomodar. Eso no lo cuestionarán solo ellos, también otras mujeres. Sí, queridos. Al igual que tu aspecto, tus modales, tu carácter, tus decisiones. Todo es cuestionable, todo el tiempo.

Y es rematadamente incómodo ser mujer y tener que mostrar un comportamiento distinto a los hombres si no quieres ser juzgada, cumplir un rol, una función marcada durante siglos, aceptar que se vulneren tus derechos, que se te niegue o dificulte o se cuestione tu acceso a determinados sectores o que cobres menos por hacer lo mismo que un hombre sin despeinarte y con una sonrisa, que debas conciliar unilateralmente tu vida familiar con la profesional y no sentirte culpable ni quejarte, aguantar preguntas estúpidas al respecto y ver impasible cómo todo esto se niega. Desafortunadamente, no solo hombres, también mujeres.

Y es realmente jodido, muy jodido, comprobar que nos siguen maltratando, violando, matando y cuestionando, juzgando y culpando por todo ello: por sufrirlo, por padecerlo, por aguantarlo, por ocultarlo, por contarlo, por denunciarlo o por no hacerlo.

No, no es fácil ser mujer.


AUTÉNTICA MUJER
(por Rake M. Levalois @RakeTrake)

De azabache derramado,

fiera de dulces ojos,

sobre un lecho medianoche

diosa de esta cama,

enmarcando el alabastro

mujer enamorada…

Mujer sensual, 

mujer perfecta,

mujer que ama,

mujer violenta.

alma de venganza,

dulzura eterna,

espíritu indomable, 

mujer de fortaleza iracunda,

caricia tierna y amable,

carne de rabia fecunda.

¡Salve!


BROTES (por Silvia Amezcua @PerezNuix)

Cerró la puerta tras de sí y el chasquido la devolvió a la realidad. Permaneció de pie con la puerta a sus espaldas. Minutos antes había fantaseado con no abandonar jamás aquel lugar, pero ya era tarde. Sus dedos habían hundido la llave en la azalea de la entrada y atrás quedaba ya una ilusión a cada paso más difusa.

Mientras se alejaba de aquel insidioso apartamento con paso resuelto, mirando la cuadrícula mojada del asfalto, Pía no pensó en lo sencilla que podría haber sido su vida, sino en lo asequible que sería al fin ya rebasado el umbral de aquella puerta, una vez sobrepasada aquella azalea que había cuidado y regado con vehemencia. Con un simple ademán había aligerado el lastre de toda una época. Durante días, no conseguiría desprender de sus dedos y uñas la arena del macetero a pesar de hundir bien el cepillo entre los surcos más profundos, pero respiraba hondo y ya nada le oprimía el pecho. Su paso ligero la colmaba de energía. El desenredo en volandas de su falda entre las piernas bregaba contra el viento y en cuestión de un instante sobrevino una lluvia intensa que la empapó de pies a cabeza. Antes empeñada en deslizarse por los hombros, la blusa se adhería ahora al blanco alabastro de su piel; calado el embrollo de su abundante melena; la cara vestida de las lágrimas del cielo.

Al paso advirtió a Soledad que caminaba ligera, paraguas en mano, absorta, como siempre, en enjundiosos razonamientos, inabarcables en su propio día a día. Soledad había llegado a los 50 debatiendo el decurso del tiempo. Pareciera aquel su último paseo. Inextinguible, la imprudencia de sus pasos provocaba incendios. El bamboleo de su rastro azuzaba las lenguas de fuego que arrasaban el pueblo. Soledad lo percibía, pero aquella era la única manera que encontraba de desentumecer las piernas. Pía la observó alejarse en silencio, perdida en el vaivén de la desmesura.

Debía ser la única empapada, paralizada bajo la lluvia sobre el asfalto brillante de la tormenta. Tenía que darse prisa y ¿para qué? Ya estaba mojada y la lluvia atemperaba su mañana, aplanaba el camino que había emprendido. Resbalaba exhausta la desdicha por su delicada espalda mojada. Sentía inmenso su pequeño cuerpo sin dueño, inmenso y ligero. Como tierra fértil de diminutas florecillas que aguardaban con ansia a florecer, borrachas de primavera en pleno y lluvioso invierno.

Había llevado con elegancia la desdicha, la felicidad la llevaría con recato. Pensó en Cecilia, mucho tenía que agradecerle. Durante su encierro interior había necesitado orear los campos más profundos, la tierra yerta que necesitaba aire, agua y luz solar para perdurar. Ya entonces estaba segura de que un día florecería esa intimidad enterrada que mostraba ahora los primeros brotes verdosos.

A Cecilia la conoció en un banco del parque. Había alcanzado los 82 en una neblina que la abotargaba por momentos, pero gozaba de una salud férrea que desafiaba las lagunas que inundaban su mente. Todas las tardes su cuidadora la ayudaba a llegar al banco más soleado del parque y Cecilia permanecía sentada, a ratos observando a los paseantes a ratos perdida su curiosidad en los tejemanejes de su más tierna infancia e ingeniosa juventud. Cuando la veía en el parque, Pía se acercaba al banco de Cecilia y se sentaba junto a ella. Pía no conocía a Cecilia, Cecilia creía conocer a Pía, pero consciente de que su recuerdo se perdía por momentos, la acogía siempre con una sonrisa y su silencio, un silencio que Pía agradecía. A veces hablaban. Cecilia le contaba de sus muchos amores. Había sido una mujer bella; se entreveía en su rostro de delicadas arrugas que habían apaciguado su semblante. Sin embargo, a veces la expresión de su cara se endurecía, entrecerraba los ojos y le temblaban las manos. Pía las tomaba entre las suyas para calmarla, le contaba las historias que tantas veces había escuchado de sus labios sobre amantes sinceros y abrazos que nunca se rompen. Al fin se serenaba Cecilia y volvía la sonrisa a iluminar su quebradizo rostro. Pía reconocía esa expresión en sus propios ojos. Antes de ensartar la llave en aquella azalea ingrata habían pasado meses, por no decir años, en que había luchado para convencerse y superar el miedo. Nunca compartió Pía su historia con Cecilia, pero la reconstruían sus ojos lacerados como en un secreto a voces. Cecilia asentía y mitigaba el temblor de las manos de la joven con su fortaleza de vetusta amazona. En sus rostros nunca llegó a resbalar una lágrima. Dos generaciones aplacando una misma historia.

Había dejado de llover y se alejaba el eco de los truenos. Tan hermoso clareaba el cielo como exhibía el día sus diferentes atuendos aderezándose para un festejo. Pía cerró los ojos para disfrutar de la luz y el calor que emanaba de aquel azul inmenso. La sonrisa de Cecilia afloró en su rostro.

Corrió hacia el banco del parque y le pareció normal encontrarlo vacío. Con lo que había llovido, las gotas resbalaban por la madera para acabar vertiendo su peso sobre el charco que desfiguraba ahora la silueta de Pía. Se sentó sin pensarlo dos veces, sabía lo mucho que le gustaban a Cecilia los primeros rayos de sol después de la tormenta. Aguzó la vista hacia el final del camino, a la entrada del parque. Pronto aparecería el vaivén de su débil silueta. Pía solía observarla mientras retomaba el camino de vuelta a casa con su paso firme y vigoroso a pesar de su evidente fragilidad. Cecilia era uno de esos seres que podían desplegar sus alas ante la adversidad y desleír el peso del abatimiento con dos simples batidas.

Pía apenas empezaba a intuir esa sensación. Sus extremidades apenas habían empezado a flotar con el chasquido de aquella puerta, con la imagen imborrable de Soledad y la sonrisa de Cecilia en sus labios. Era consciente de que sufriría recaídas. Había tenido que sobrellevarlas en más de una ocasión, las más azarosas en mañanas dominicales. Más de una vez sus pasos la habían devuelto al descansillo de aquel apartamento. Ante la puerta, como en un ritual, se detenía y muy quieta esperaba a que se apagara la luz del rellano. Apreciaba esa oscuridad. Envuelta en ella distinguía mejor la claridad al otro lado de la mirilla, que la devolvía al aroma del pan recién horneado y a los sonidos de domingo; abandonada en sus brazos y desordenadas las sábanas, con el sabor del café en aquellos labios.

Retumbó de nuevo el cielo y el eco de golpes y gritos en su cabeza la devolvió al parque, a ese ser alado y sin retorno que había logrado emerger para salvar su desventura.

Miró al final del camino. Avanzaba la tarde y Cecilia no aparecía.
La mañana del día siguiente, de rocío redimida, sobre el banco… una azalea.


NUEVE DE MARZO
(por Miguel Ángel Romero @MigueHumano)

Nueve de marzo

Se irán los fotógrafos, las cámaras. 

La calle olerá a resaca, 

a húmeda melancolía.

Recogerán estrados, megafonías y,

en su cubo, el barrendero no distinguirá 

entre fascines de ecuanimidad y hojas muertas.

El ruido de las vallas metálicas 

al ser apiladas en una herrumbrosa montaña, 

asustarán a los pájaros del parque,

los que ayer, sobrevolaron asombrados 

entre vítores y aplausos 

mientras aleteaban sobre un banquete de sobras, 

incluso, algunos de ellos, 

los más osados o los más inconscientes,

– ¡Ay si supieran de la condición humana! –

se atrevieron a posarse en los hombros del gentío

mendigando un frugal sustento.

Se guardarán las banderas trenzadas, 

quizás para nunca, quizás para siempre o, 

quién sabe, descansarán en el contenedor más cercano, 

junto a las pancartas, 

acariciando los mensajes de esperanza.

En la radio, archivarán la crónica 

que la periodista declamaba en directo

exaltada e ilusionada, 

entre el clamor del orgullo femenil,

porque la actualidad manda y 

“ellas, ya tuvieron su momento”;

el pasado solo es rentable 

con la subjetividad de quién pague.

Tengo miedo al nueve de marzo, 

miedo al alzhéimer de la lucha equitativa,

a las benévolas sonrisas oportunistas,

a las frases estériles con eco del ayer, 

a lo etérea que fue la coyuntura,

a las corbatas postradas en sillones.

Tengo miedo del día siguiente,

que del intento reciente

solo quede su definición

y que el participio “logrado” 

sea una quimera que se demore

trescientos sesenta y cinco días más,

cuando los pájaros del parque,

ávidos, vuelvan a mendigar.