No es momento de vomitar flores en comuna, de practicar la crítica sin autocrítica ni de mirar hacia otro lado. ¿De qué es momento entonces? De huir, pero ni siquiera eso es posible, así que de confinarse. Sí, ese verbo que tú sólo habías escuchado en las películas y leído en los libros y que ya se ha convertido en la segunda palabra que más están escuchando los niños y niñas de esta generación, después de la palabra coronavirus, que para eso es él, o ella (refiriéndonos a la enfermedad, según la RAE), protagonista de todo este desastre.

Comienzan a caerse mitos: un ente microscópico es más fuerte y rápido que muchos de nosotros, ya podéis dejar el gimnasio. Me río -por decir algo- de aquellos que tanto presumían de no tener miedo a nada… ¿dónde estáis ahora? Espero que confinados -otra vez el palabro-, por favor, disimulad esa valentía y manteneos en casa. 

El caso es que al mundo occidental nos pilla en pañales, no estamos preparados. Los gobiernos no han sabido gestionar como es debido la situación, los individuos viajando del principal foco de infección a ciudades del litoral y a segundas residencias, porque “si cierran los colegios y a mí me mandan a casa, será que han adelantado este año las vacaciones”… ERROR. Poco a poco empezamos a ser conscientes de que esto quizá iba en serio, por supuesto que iba en serio. Personalmente, cuando se conoció el primer caso en Italia, di la voz de alarma en mi entorno; si estaba en Italia, estaba en España. No hay que ser experto en epidemiología para concluir que cuando se descubre un caso portador del virus, con el nivel de propagación que estábamos viendo en China, a saber el número de individuos que había ya sin diagnosticar. Madrid- 2020: me sale más barato un vuelo low cost a Italia que un bus Madrid-Mérida para ir a ver a mi familia, cómo no íbamos a pensar que el bicho estaba ya aquí; pero “estás loca, no te ralles, aquí no llega, no seas alarmista…”. Bien, aquí estamos todos un mes después, confinaditos, con casi 6000 fallecimientos y subiendo exponencialmente el número de contagios. 

Y en medio de esta distopía, los de siempre viendo oportunidades de negocio, inflación de precios, caída de coste del petróleo que no se refleja en la caída real del precio del combustible, economistas de moda dando tips para que los que más tienen, sigan adquiriendo… Sí, esa gente que pertenece al género humano, pero que no saben qué significa ser humano, esa gente… También están los que en mitad de una crisis sanitaria como la que estamos sufriendo, focalizan su discurso y su crítica en aspectos, que no digo que no sean importantes, pero que quizá, en un orden de prioridades, no es el momento: banderitas, nacionalismos, ideologías, monarquía… El porqué de todo esto es muy curioso. Sacar ahora esta artillería no sólo se debe a que hay una sociedad en desacuerdo por diferentes motivos, sino que este confinamiento -tercera vez- favorece que todos estos sentimientos y pensamientos afloren sin tener en cuenta la prioridad de la que hablábamos hace un momento. Y es que a nivel emocional, no estamos preparados para estar encerrados durante tanto tiempo, nos podemos ir adaptando, pero intuyo que ninguno de nosotros hemos pasado antes por esto, mucho menos recibiendo, y viendo en redes, los mensajes de turno que apoyan mi ideología insultando al resto, muy propio de gente culta, educada y respetuosa -entiéndase la ironía-, que van inflando mi nivel de rabia y va intoxicándome, en lugar de aportarme algo que me ayude a sobrellevar el encierro. Esto es lo que se conoce como “rabia por exceso”, que es una rabia absolutamente disfuncional.

Para terminar esta reflexión, ya que os he hablado de la rabia por exceso, y puesto que a nivel emocional no debe estar siendo fácil para ninguno de nosotros, me gustaría decir algunas cosas al respecto de este “mundo emociones”. Ya sabemos que no hay emociones positivas y negativas. El miedo, por ejemplo, que es de las principales emociones que estamos teniendo, no es una emoción negativa, es una emoción funcional en un caso como el presente, que nos ayuda a mantener nuestra supervivencia. Sería disfuncional si ese miedo no estuviese enfocado a un peligro real, es decir, si fuese un miedo irracional. Pero en estos momentos, sentir miedo es absolutamente NORMAL. ¿Y la tristeza? Igual, claro que es normal sentirnos tristes, cómo no hacerlo en este panorama. Igualmente puede darse por exceso, lo que podría llevarnos a una depresión si se alarga en el tiempo, pero actualmente, si estás triste, o muy triste, es NORMAL. Hay quienes muestran orgullo exagerado, sería el caso de esta gente que sale a la calle, saltándose las limitaciones del estado de alarma, los que están por encima del bien y del mal. Y hay algo muy básico, que es el amor. El amor en el estado más amplio de la palabra es una de las principales armas para superar esta crisis, y no solo a nivel individual. Hay mucha gente poniendo en práctica el “amor en exceso”, que también existe, y que también puede ser peligroso. Se demuestra por ejemplo cuidando a los demás por encima de lo que nos cuidamos a nosotros mismos. ¿Os viene algún sector donde se esté ahora mismo mirando por los demás con esta incondicionalidad? Efectivamente, el sector sanitario. Su personal está al pie del cañón, pero no son los únicos. Otras muchas personas se siguen jugando su salud, y en algunos casos su vida, para que otros podamos ir a nuestro supermercado más cercano a comprar, transportistas que te traen tu compra online a casa porque a ti te parecía una necesidad básica -que este es otro tema-, conductores de transporte público, cuerpos de seguridad, sector de limpieza… Mientras tanto, nosotros seguimos en casa con una mezcla de emociones que varían por días, incluso por momentos.  Hace unos días lo escribía en redes,

“entre el aturdimiento, el miedo, la tristeza y la esperanza, pasamos los días con el cuerpo confinado entre cuatro paredes, y la cabeza disociada y repartida por todas aquellas casas que estos días resguardan a los nuestros”.

Creo que son sentimientos comunes a muchos de nosotros. Y no pasa nada por estar triste ni por sentir miedo, pero tratemos de mantenernos ocupados para que estas emociones no dominen la mayor parte del tiempo. No caer en el exceso de información al respecto del tema que nos preocupa, realizar actividades, planificar nuestros días, crear nuevas rutinas, reflexionar sobre nuestra propia vida, y también tener días de estar tirados en el sofá sin hacer nada y aburrirnos, por supuesto; en definitiva: adaptarme lo mejor posible a esta realidad. No es psicología barata, es neuroquímica, y es necesario regularla para sobrellevar un estado atípico que no sabemos cuánto tiempo se va a alargar. 

Ana Casado. PSICÓLOGA.
https://twitter.com/home?lang=es