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Diseño imagen: Freepik

Define la RAE el término emprender como “acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad y peligro”. Y es que no hace falta acudir al diccionario para saber que en los tiempos que corren, quien esté dispuesto a lanzarse al fascinante mundo del trabajo por cuenta propia es, cuanto menos, valiente.

En realidad, todas las personas nacemos con la creatividad intacta, y es ya en la edad adulta cuando, si conseguimos conservar algo de esas habilidades y materializar nuevas ideas, podemos decir que estamos dando lugar a una innovación. No debemos olvidar que los emprendedores, esa especie temeraria, son los que favorecen el desarrollo económico, enfrentándose al sistema establecido a través de un proceso continuo de destrucción creativa.

Cabe preguntarse si puede una actividad empresarial ser el catalizador de un cambio social.

En la década de los 70 comienza a emplearse en Reino Unido el término “social enterpreneurship”. A día de hoy, la propia Unión Europa incluye en su agenda políticas específicas de fomento de las empresas sociales. Muestra de ello son los esfuerzos que lleva a cabo The Social Bussiness Initiative, que se centra en mejorar la financiación, visibilidad y regulación de este modelo empresarial.

El potencial de este sector se apoya en datos claramente optimistas, aunque en España, caracterizada por ser poco vanguardista en innovación, aún estemos a la cola con solo un 0,9% de iniciativas sociales. En la Unión Europea, sin embargo, 1 de cada 4 nuevas empresas se suman a esta nueva tendencia, reportando al PIB nada menos que un 10% del total. Consecuentemente, el empleo no deja de crecer en este sector, que actualmente engloba a 11 millones de personas. A nivel mundial, Perú es quien encabeza el ranking con un 10,1% de los proyectos de emprendimiento, mientras que con un 0,3% es Corea del Sur quien lo cierra.

Pero la importancia no solo se mide en cifras. Florecen alrededor del globo redes de colaboración y cooperación, tales como Ashoka, o incubadoras que deciden centrarse en el valor que proporcionan estos proyectos, ofreciendo asesoramiento, mentoring y formación, mientras que, paralelamente, las universidades actualizan su catálogo para atender una demanda creciente.

Quizá aún estés preguntándote qué es exactamente una empresa social.

Para que un proyecto empresarial sea considerado como empresa social debe cumplir al menos con los siguientes principios: satisfacer necesidades sociales detectadas, asumir como misión la búsqueda de un impacto social positivo (y no solo del interés económico), y ser un modelo de negocio rentable, reinvertiendo el excedente generado en la empresa, en la generación de empleo o en los fines sociales para los que se trabaje. La transparencia de sus procesos y la inclusión son otros de sus distintivos.

Que la iniciativa responda a un objetivo social, ambiental o comunitario es condición necesaria pero no suficiente. Es, sin duda, la capacidad de crear riqueza por sí mismas, lo que les confiere su particularidad, diferenciándose así de las organizaciones sin ánimo de lucro, que dependen de donaciones filantrópicas para mantenerse.

¿Podría ser yo un emprendedor social? Veamos si cumples el perfil.

El buen emprendedor podría definirse como un idealista pragmático, que desea cambiar la realidad de su entorno, detectando problemas sociales y dándoles respuesta mediante un modelo de negocio sostenible. En resumen, necesitas tanto aptitudes empresariales como actitudes sociales. Los jóvenes entre 18 y 34 años, especialmente en regiones como África del Norte, África Subsahariana y Europa Occidental son los máximos exponentes de estas iniciativas.
Hay tantos proyectos como ideas pueda generar la mente, y una común a todas ellas: la visión y la misión de un mundo mejor. ¿Te atreves a emprender?

Mª Cruz García. EXPERTA EN MARKETING E INVESTIGACIÓN DE MERCADOS