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Fotografía: Ciara Cervantes

El mes de diciembre, en un artículo publicado en Diario16, ofrecí datos relativos al interés por la cultura y el hábito lector de la población española. Sin embargo, tengo la sensación de que lo hice sin posicionarme, desde un punto de vista imparcial y ecuánime. Ahora, cuando ya han pasado varias semanas desde su publicación, me arrepiento de ello. Estas cosas suceden con asiduidad, forman parte de la profesión: escribes algo, lo publicas en abierto y, al cabo de un tiempo, cuando lo vuelves a leer, algo dentro de ti te dice que no lo hiciste del todo bien, que podías haberlo hecho mejor. En este sentido, con el objetivo de ofrecer una visión más amplia del tema que nos atañe, he decidido enviar a PUNCH Magazine una nueva versión de aquel artículo:

El barómetro de septiembre de 2016 –o setiembre, según la RAE–, elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas, muestra lo que todo el mundo temía pero nadie se atrevía a pronunciar en voz alta: España y cultura, en la actualidad, son palabras antagónicas. Una vez más, y ya van muchas veces, la realidad arremete vehementemente contra cualquier forma de expresión artística, demostrando que la cultura ha dejado de ser un pilar fundamental de la sociedad, si es que algún día lo fue.

Los datos del estudio son devastadores y demuestran, entre otras cosas, que España no solo vive inmersa en una crisis económica, sino también en una crisis cultural. La inclinación de la sociedad española hacia las actividades culturales es mínima, dibujando un paisaje desalentador. Por ejemplo, el 38,2% y el 59,1% de las personas entrevistadas manifiesta que les interesa poco o nada la lectura y las artes plásticas (pintura, fotografía), respectivamente. En peor posición quedan el teatro y la danza, atrayendo poco o nada al 60,4% y 73,2% de la población. Parecen cifras extraídas de una película de ciencia ficción; siento comunicar que son ciertas. En cualquier país mínimamente responsable, las autoridades estarían buscando las causas de esta catástrofe, pero he de recordar que vivimos en España. Quizá, y esto es solo una suposición, las personas que deberían solucionar esto estén brindando con champán en la calidez de sus despachos.

Y si se celebra el derrumbamiento de la cultura, es porque esta ofrece algo valioso que las élites no quieren para la ciudadanía. En La lengua de las mariposas –curiosamente, una película– se dice que “si conseguimos que una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie le podrá arrancar nunca la libertad”. Ahora bien, ¿cómo podemos aspirar a la libertad de pensamiento en un país donde se ha conseguido que la cultura no interese prácticamente a nadie? ¿Las consecuencias de este desinterés no conducirán hacia una sociedad donde la libertad sea una meta inalcanzable?

La frecuencia con la que se lee (incluidas las lecturas de tiempo libre, trabajo y estudio) es igualmente pobre, rozando la desolación. Un 36,1% no lee nunca o casi nunca y un 20,6% lo hace tan solo alguna vez al mes o al trimestre. Podríamos echar la culpa a los altos precios de los libros, pero solo un 0,8% de la población no lectora indica que este sea el motivo principal; sin embargo, el 42,3% expone que la razón principal es que no le gusta o no le interesa leer.

Atrás quedaron los tiempos en los que la literatura era la voz del pueblo, el método de culturización por excelencia. Este río de conocimiento pasó y, en nuestros tiempos, fluye prácticamente seco, arrojándonos al camino de la incultura. En la actualidad, lo más leído son los afamados best sellers, libros escritos para ser vendidos; libros que entretienen pero no aportan nada sustancial; libros que, en definitiva, no tienen nada que ver con la literatura que se lee en Filología. Esto podría explicar que, según el CIS, el 59,7% de las personas lean, en primer lugar, para distraerse y disfrutar. En cambio, solo un 12,3% lo hace para aprender cosas nuevas y mejorar su cultura como motivo principal. Por lo tanto, nos encontramos con un doble problema: se lee muy poco y lo poco que se lee es por mero entretenimiento. Qué lejanas quedan las palabras de Cervantes: “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

Vivimos en un país donde una de cada cuatro personas cree que el Sol gira alrededor de la Tierra y a nadie parece importarle. Ser culto es visto como una mala enfermedad, un problema que necesita cura. Nos han socializado para eludir el aprendizaje y dejarnos llevar. Todo ser humano nace queriendo comerse el mundo, preguntándose los porqués de la vida; sin embargo, algo ocurre desde el nacimiento hasta la muerte para que, paulatinamente, esas ganas de saber se diluyan y den paso a las ganas de ignorar.

Pero no todo está perdido, entre los datos del CIS se puede entrever un halo de esperanza. El 53,8% de las personas con estudios superiores leen todos o casi todos los días, situación que solo se da en el 7,7% de las personas sin estudios. Al fin y al cabo, como bien decía Nelson Mandela, “la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Esto lo saben bien las élites, quienes se dedican a poner barreras a una educación superior que todavía no es gratuita, como las subidas de tasas universitarias, la modificación de las pruebas de acceso, o el endurecimiento de los requisitos de las becas. Sí, una educación “sin obstáculos” elitistas puede servir de bloqueo a la incultura. Dejemos de infravalorar la profesión docente y unámonos a ella, trabajemos conjuntamente para crear esa sociedad que camine hacia la libertad de pensamiento, una sociedad que tienda puentes y elimine fronteras. Y, por favor, no dejemos que nos roben la educación y la cultura, son nuestras mejores armas.

Enrique Bonilla Algovia. ESCRITOR.
@EscritorCritico